Historia real

118 días a la deriva: embestidos por una ballena, salvados el uno por el otro

Partieron en busca de libertad y encontraron una prueba en el océano. En marzo de 1973, la pareja británica Maurice y Maralyn Bailey se vieron obligados a subir a una balsa salvavidas y a un bote auxiliar después de que una ballena golpeara y hundiera su yate, Auralyn. Sin rescate a la vista, aprendieron a beber lluvia, atrapar tortugas y peces con las manos, y soportar tormentas, tiburones y hambre. Después de 118 días, un barco que pasaba finalmente los avistó. Sobrevivieron a lo imposible, juntos.

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1) Un viaje de ensueño

Los Bailey dejaron atrás su modesta vida en Gran Bretaña, decididos a buscar la libertad en mar abierto. Juntos construyeron y equiparon un yate Golden Hind de 31 pies, Auralyn, un proyecto que había consumido buena parte de sus ahorros y energías. En 1972 zarparon de Southampton y fueron avanzando poco a poco por el Atlántico. Para febrero de 1973 habían cruzado el canal de Panamá, llenos de planes para llegar a las islas Galápagos y, con el tiempo, a Nueva Zelanda. Para Maurice y Maralyn, el viaje era más que viajar: era la encarnación de su sueño compartido de vivir con sencillez, explorar el mundo y medirse con el océano.

2) El impacto

Al amanecer del 4 de marzo de 1973, mientras el mar parecía en calma, el destino golpeó con violencia. Una enorme ballena chocó contra Auralyn, abriendo un boquete en el casco del yate por debajo de la línea de flotación. En menos de una hora, el barco que había sido su hogar flotante se estaba hundiendo. Frenéticos pero concentrados, inflaron una pequeña balsa salvavidas, echaron al agua su bote auxiliar y se apresuraron a rescatar las provisiones que pudieron: latas de comida, algunas herramientas y una brújula. Apenas podían hacer otra cosa que mirar cómo su yate construido a mano desaparecía bajo el Pacífico, dejándolos a la deriva con solo lo imprescindible entre ellos y el olvido.

3) A bordo de la balsa

Los primeros días en la balsa estuvieron dominados por el shock, la incredulidad y el agotamiento absoluto. Los dos flotaban juntos en una balsa de goma amarrada a su bote auxiliar, rodeados solo de cielo y de un azul interminable. Sus bengalas de señalización no lograron llamar la atención; siete barcos pasaron sin verlos, y cada avistamiento era un recordatorio desgarrador de lo invisibles que eran en el vasto Pacífico. Peor aún, la propia balsa empezó a deteriorarse bajo el sol implacable, lo que obligó a Maurice a hacer reparaciones constantes y delicadas para mantenerlos a flote. Cada noche el océano los ponía a prueba con su oleaje, y cada mañana despertaban doloridos, hambrientos y todavía sin que nadie los hubiera visto.

4) Aprender a vivir del océano

Cuando se les acabaron las raciones rescatadas, los Bailey se vieron obligados a convertirse en ingeniosos cazadores del mar. Recogieron recursos preciosos rainwater en recipientes improvisados, racionando cada gota. La comida venía de los animales que tenían alrededor: aves marinas atrapadas con las manos desnudas, tortugas subidas a bordo a la fuerza y peces pescados con imperdibles doblados a modo de anzuelos. Aprendieron a retirar la carne en mal estado, a comer órganos para mantenerse con fuerzas e incluso a masticar ojos de pescado, a los que llamaban "Smarties» para hacer el acto más soportable. Los tiburones rondaban ominosamente, los delfines pasaban como presagios fugaces y el sol les abrasaba la piel. La desnutrición y las llagas hicieron estragos, pero de algún modo su voluntad de sobrevivir se mantuvo intacta.

5) Los roles que los mantuvieron con vida

Sobrevivir no era solo cuestión de comida y agua, sino de aferrarse a la esperanza. El optimismo y el liderazgo práctico de Maralyn mantuvo en pie el ánimo de la pareja. Insistía en pequeñas rutinas, revisaba las heridas de Maurice y lo empujaba a atravesar la desesperación. Maurice, por su parte, aplicaba su paciencia y sus habilidades técnicas para remendar la balsa, improvisar reparaciones e intentar una navegación rudimentaria con la que adivinar hacia dónde podían llevarlos las corrientes. Su alianza, forjada en un matrimonio cotidiano, se convirtió en un salvavidas; juntos susurraban cada noche: "Solo un día más", y en ese ritual encontraban la fuerza para resistir.

6) Rozando el peligro, recorriendo largas millas

Para junio ya habían derivado casi 1.500 millas (2.400 km) hacia el oeste por el Pacífico. Sus cuerpos se habían consumido; cada uno había perdido casi 40 libras (≈18 kg), con sus cuerpos reducidos a piel, huesos y pura determinación. Dormían a ratos, las heridas se infectaban y las tormentas golpeaban su frágil refugio. Aun así se aferraron a la vida y el uno al otro, negándose a rendirse a la desesperación incluso cuando sus posibilidades parecían casi inexistentes.

7) El barco que dio media vuelta

Activado 30 de junio de 1973, tras 118 días en el mar, por fin llegó la salvación. El pesquero surcoreano Weolmi 306 al principio pareció pasar de largo -otra cruel casi oportunidad perdida-, pero entonces, increíblemente, el barco dio media vuelta. Los Bailey fueron izados a bordo, esqueléticos y débiles, después de haber perdido casi 18 kilos cada uno. Por primera vez en meses, pisaron una cubierta firme, desbordados por el alivio mientras la tripulación los llevaba hacia Honolulu. Su odisea había terminado, pero su historia de supervivencia no había hecho más que empezar.

«Imagina ver que un barco vira -después de meses de cielo y agua- y saber que vas a vivir».

8) Después: contar la historia y poner a prueba el vínculo

De vuelta en Inglaterra, Maurice y Maralyn transformaron su terrible experiencia en testimonio. Escribieron juntos 117 días a la deriva (1974), publicado más tarde en EE. UU. como ¡Seguir con vida!, contando los detalles de su supervivencia con una honestidad descarnada. Lejos de retirarse a un lugar seguro, con el tiempo volvieron al mar a bordo de un nuevo barco, Auralyn II, sin dejar que el miedo les cerrara el mundo. Con el tiempo vivieron con discreción hasta una edad avanzada: Maralyn murió en 2002; Maurice en 2018. Su matrimonio había sido puesto a prueba hasta el límite, y desde entonces su historia se ha contado tanto como una epopeya de supervivencia como un testimonio de compañerismo y resistencia.

Reflexión: No es solo una historia de supervivencia: es un estudio de resistencia compartida. Cada noche se preguntaban: "¿Podemos resistir un día más?" Durante 118 días, la respuesta fue sí.

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